La piel contiene estructuras conectadas a ella que denominamos anejos cutáneos. Son las glándulas ecrinas y apocrinas, los folículos pilosebáceos y las uñas. Los folículos pilosebáceos son una unidad funcional formada por el pelo, la glándula sebácea, y el músculo erector; y en algunas localizaciones como axilas, areolas mamarias, región anogenital y periumbilical también con glándulas sudoríparas apocrinas. Se distribuyen por la piel de todo el cuerpo excepto en palmas y plantas, siendo en cuero cabelludo donde su grosor y densidad es mayor.
Por tanto, incluso en zonas donde no es evidente la presencia de pelo, por ser este mínimo o rudimentario, sí podremos observar los poros, como vulgarmente decimos, que marcan el orificio de salida de los folículos. En muchas ocasiones, la inflamación del folículo, por diversos motivos y a distintos niveles, condiciona la presencia de nódulos o “bultos”, rojos o eritematosos, más o menos a tensión, que se acompañan con frecuencia de picor y/o dolor. Pueden evolucionar a pústula que en el tronco suelen observase centradas por el pelo. Los procesos típicos de inflamación folicular son: las foliculitis y el acné. En muchas ocasiones las lesiones son descritas como “granos”.
El acné es una enfermedad que evoluciona con brotes más o menos subagudos, de diferentes intensidades, durante un período de años, en los que la piel, por la influencia hormonal, realiza su evolución natural de piel infantil muy seca, a piel del adulto con folículos plenamente desarrollados y ya normalizados en su funcionalidad. El cambio siempre se acompaña de lesiones pero en ocasiones son mínimas. Depende de diferentes factores hereditarios, hormonales y factores externos, como Propinobacterium acnes, del uso de sustancias con alto contenido en grasas o manipulaciones, el que se presenten formas más intensas, agresivas y/o resistentes a tratamientos.
El acné es típico en edades juveniles, desde los 14 a los 25 años, pero puede presentarse también en edades más tardías. Además de afectar a la cara, puede ocasionar lesiones en el tronco sobretodo en la “V” pectoral y la parte superior de espalda. Para poder realizar un diagnóstico de acné, estas lesiones inflamatorias se han de acompañar de poros dilatados, conteniendo queratina que conocemos como comedones. Estos pueden ser “abiertos”, que se observan como puntos negros, y son las clásicas espinillas; y los “cerrados”, que son blancos y más frecuentes en cara. Se combinan estas lesiones no inflamatorias con lesiones inflamatorias como las descritas anteriormente: pápulas, pústulas y nódulos, de pequeño tamaño y salpicados o en formas más severas de mayor tamaño, combinándose con lesiones fluctuantes, quísticas y cicatrices.
Los tratamientos han de adecuarse a la severidad, extensión, localización y forma clínica de cada momento. En formas leves y con lesiones superficiales, los tratamientos locales con queratolíticos y antibióticos tópicos pueden obtener muy buenos resultados si se aplican de forma continuada. En las formas moderadas y severas se requieren tratamientos orales que deben ser supervisados por el dermatólogo, con anticonceptivos , antibióticos, o isotretinoina. El tratamiento hormonal sólo tiene sentido en mujeres que además pueden beneficiarse de realizar contracepción al tiempo que se controlan los brotes de acné. Los tratamientos con antibióticos pueden obtener remisiones en casos moderados, pero suelen precisarse durante temporadas. Se pueden combinar con tratamientos queratolíticos. La isotretinoina es el fármaco de elección en los casos severos de acné y en los que son rebeldes a otros tratamientos. Los efectos secundarios más importantes que pueden presentarse, además de la capacidad teratogénica que tiene, son alteraciones de lípidos en sangre y hepatotoxicidad. Otros efectos secundarios menos severos pero más frecuentes y molestos son la intensa sequedad de piel y mucosas durante los 4-6 meses que dura el tratamiento. Es preciso informar al enfermo antes de iniciar este tratamiento de los posibles efectos no deseados que pueden presentarse así como de los controles analíticos que se requerirán durante el tratamiento para supervisarlo. Se requiere receta e informe del dermatólogo.
Se caracteriza por una erupción crónica, moderadamente pruriginosa, de pápulas cupuliformes y pequeñas pústulas que se localizan en la porción superior de la espalda y zonas adyacentes; puede asociarse a pitiriasis versicolor o a dermatitis seborreica y es causada por un microorganismo, Malazessia furfur, por lo que revierte fácilmente con tratamientos antimicóticos. Este hongo es de amplia difusión y sólo es patógeno en determinadas condiciones de la piel y por predisposición personal, por lo que no se considera enfermedad contagiosa. Es preferible realizar tratamientos locales con sulfuro de selenio, que se aplica 30 minutos con ducha posterior; o econazol local 2 veces al día, durante un mes. Los tratamientos orales con fluconazol en dosis única o itraconazol durante 5-7 días están indicados sólo en afectaciones muy extensas o rebeldes.
Se trata de episodios de lesiones foliculares como pápulas, vesículas y pústulas que con frecuencia aparecen entre 1 y 4 días después del baño con agua caliente o en piscina pública. En otras ocasiones la contaminación con Pseudomonas aureginosa puede localizarse en trajes de buceo o esponjas. Es característico que las lesiones predominen en flancos, axilas y nalgas. A veces se acompaña de síntomas constitucionales como fiebre y malestar general. Puede resolverse en 7-15 días sin tratamiento, pero en ocasiones evoluciona como brotes recurrentes y prolongados. Si las lesiones son extensas y muy inflamatorias o si hay síntomas generales se aconseja tratamiento oral con cefalosporinas de tercera generación o fluorquinolonas como el ciprofloxacino o el ofloxacino. Como medidas preventivas se usan el filtrado del agua y su cloración para mantenerla con pH de 7,2 a 7,8 y la renovación frecuente de la misma. La limpieza con ácido acético diluido en zonas de aseo puede erradicar otros focos menos evidentes.