Cada vez está ocurriendo con mas frecuencia una cuestión llamativa, y es la de adjudicar a una situación cotidiana y sencillamente vital, la entidad de cuadro psicopatológico.
Quisiera transmitir mi preocupación ante la creencia que muchos estudiantes y muchos padres tienen sobre lo que se ha dado en llamar el síndrome de “la ansiedad ante los exámenes “.
¡Qué mal haríamos si, como profesionales de la Salud Mental, nos quedáramos sólo ahí, sin analizar las siguientes cuestiones que pasaré a describir de forma sencilla:
No sería de rigor obviar situaciones concretas y objetivas donde la ansiedad, el estrés, las somatizaciones y otros síntomas que aparecen, y que se deben adjudicar a trastornos psicológicos y psiquiátricos en sí mismos y coadyuvantes a otros.
Pero no es ello el objeto de ésta reflexión, sino incidir en la gran responsabilidad que tenemos todos, y en éste caso mas directamente los profesionales de la Salud, al recoger demandas que se hacen desde la superficie y no profundizar en su etiología, antes de darle un nombre que lo lleva a colocarse en categoría de “trastorno” o “enfermedad”:
Entiendo que la situación ansiógena de nuestros jóvenes ante un examen, la debemos valorar e interpretar no como algo que le sucede sólo al estudiante sino como un síntoma de una sociedad demasiado preocupada por lo inmediato y por los resultados exitosos. Antes de que esto suceda, debiéramos revisar si se está educando en valores como el entendimiento, el diálogo, la solidaridad, la constancia, la espera, la EDUCACIÓN y la CULTURA, como procesos duraderos y permanentes.
Pero para ello es también la propia sociedad la que debe ser capaz de superar la inmediatez, es decir, capaz de tolerar algo bien hermoso pero a la vez lento, como son las dudas, las preguntas, las interacciones problemáticas, la capacidad para desviar la mirada desde uno mismo hasta los demás, y dedicar a nuestros niños y jóvenes TIEMPO…,más TIEMPO.
La televisión, los vídeojuegos, el ordenador, ¿a quién calman? ¿a ellos y a ellas? o ¿a los adultos?
¿Llegaríamos entonces a admitir que nos encontramos ante una sociedad inmadura que genera ciudadanos inmaduros?