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Cultura: actualidad

Revista nº 4 / marzo - abril 2007 | Sumario zh4 | Artículos de cultura

El clima cambiante

Arturo H. Ariño
Dpto. Zoología y Ecología
Universidad de Navarra

A finales de los 60, la preocupación en círculos científicos era el próximo final del período interglacial. A la Tierra le "tocaba" ir dejando el buen tiempo y avanzar hacia la siguiente glaciación: continentes cubiertos de hielo y el nivel del mar muchos metros más bajo.

Calor (mucho) y frío (mucho más) se suceden regularmente en la Tierra. Se ha investigado mucho, pero las causas no están bien explicadas aún. Las hipótesis mejor consensuadas miran mucho a la órbita de la Tierra, que es algo más complicada de lo que parece. Cambia de circular a elíptica cada cien mil años. El eje de rotación de la Tierra está inclinado con respecto a la órbita, y además de variar de ángulo cada 41.000 años, oscila como una peonza cada 22.000. Así que los continentes, que están principalmente en el hemisferio Norte, pasan de apuntar hacia el Sol (lo que llamamos "verano") cuando la Tierra está más lejos del Sol, como ahora, a hacerlo cuando está más cerca, cada once mil años. Y eso calienta un rato.

Como resultado de este baile, pero no sólo de él, el clima cambia. Sólo que el cambio es de cálido a tórrido, en comparación con lo que correspondería.

Sin atmósfera, la Tierra sería docenas de grados más fría. Como la Luna, para ser exactos. Pero no es así. En la atmósfera, los llamados "gases de invernadero" (principalmente dióxido de carbono, metano y vapor de agua) atrapan el calor que, en forma de radiación infrarroja de onda larga, la Tierra devuelve al espacio. Hacen de manta. Otros factores, como la nubosidad, el dióxido de azufre, o las partículas en suspensión, actúan como sombrilla, enfriando la atmósfera. El propio hielo y la nieve actúan como reflectantes, generando más frío. El efecto sobre la temperatura de cada factor se recoge en un parámetro llamado forzamiento radiativo: positivo si calienta, negativo si enfría. El resultado del forzamiento es una temperatura media de equilibrio.

La cuestión no es si está cambiando el clima, sino por qué está cambiando ahora, a qué velocidad lo hace, y en qué dirección va.

Mucho antes de la aparición de los primeros humanos, había gases de invernadero. Los volcanes se ocuparon de soltarlos durante los primeros cientos de millones de años, y aún hoy siguen haciendo de las suyas. Luego tomaron el relevo la vegetación y la vida; y en los últimos tiempos, el hombre. En especial, la concentración de dióxido de carbono parece muy relacionada con los ciclos de la órbita, y a su vez (aunque con un incómodo desfase: en ocasiones los sigue en vez de precederlos) con los ciclos climáticos observados. Parece que son efectos que se realimentan mutuamente.

El dióxido de carbono se produce cuando se quema el combustible, y da lo mismo que sea la madera en un bosque, la gasolina en un coche, el carbón en una térmica... o el azúcar en las células. Vivir produce CO2. El metano (en forma de gas en los pantanos) procede principalmente de la descomposición de las plantas en las zonas pantanosas, muy abundantes en otros tiempos, o de la materia orgánica en general. Por otra parte, el dióxido de carbono se disuelve en los océanos, y puede terminar en el sedimento que se convertirá en roca caliza. Las plantas y animales muertos, bajo ciertas condiciones, terminan como petróleo, carbón o gas natural.

Así que la cantidad de gases de invernadero en la atmósfera depende de un equilibrio (variable) entre lo que entra y lo que sale. De la cantidad que haya, superpuesta a los ciclos astronómicos, deriva el clima. Como todo lo anterior cambia, el clima cambia. Y con el clima, el tiempo atmosférico; sólo que esto es a muy corto plazo y, cuanto más tiempo pasa, más probable es ver un récord: un año muy frío, o muy lluvioso, o muy cálido, o muy seco...

Y aquí es donde empiezan los líos, y donde los científicos se tienen que calzar las botas de buzo mientras otros amuelan navajas.

Desde la Revolución Industrial, hace más de doscientos años, el hombre ha dependido de quemar combustibles para su vida: madera (como antes), pero cada vez más carbón y petróleo. Esto produce dióxido de carbono y vapor de agua, pero a muchísima más velocidad de lo que tardaron en generarse. Como consecuencia, la concentración de dióxido de carbono ha aumentado notablemente en muy poco tiempo, y el forzamiento radiativo neto es positivo. El Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) así lo ha puesto de manifiesto, y la consecuencia previsible es un recalentamiento del clima: fusión de hielos, avance de los desiertos, subida del nivel del mar y desaparición de las zonas costeras en un plazo relativamente corto. Esto ya había sucedido antes, así que la previsión (apoyada por los modelos climáticos, aún no muy refinados) es bastante plausible.

Con estos mimbres, el canasto mediático parece claro: Si se quiere evitar el cambio climático, hay que reducir la cantidad de dióxido de carbono que el hombre vierte a la atmósfera. O eso, o el desierto en Pamplona en unas pocas décadas.

¿Puede el hombre dejar de producir el exceso de CO2 que no se puede ciclar de forma natural? Sí, con un coste bien conocido: reducir o eliminar la dependencia de los combustibles fósiles. Quemar en 100 años lo que tardó 100 millones en absorberse no parece un modelo de equilibrio.

Existen múltiples propuestas bien conocidas, que se resumen en un único mandamiento: Usar el sentido común. Reducir un 10% la velocidad a la que se conduce, poner el termostato más alto en verano que en invierno, cerrar el grifo del radiador en vez de abrir la ventana, usar la bici para ir al trabajo en lugar de ir al gimnasio, o disfrutar de la guarnición al menos tanto como del filete son opciones placenteras de coste cero, cuyo denominador común es que reducen la energía gastada y, en consecuencia, los gases de invernadero producidos. Naturalmente, hay muchas más, que irán entrando conforme las orejas del lobo sean más nítidas.

Ahora bien, sería iluso creer que con estos detalles se puede atajar el cambio climático. Este cambio se producirá, y lo que nos compete es evitar que sea catastrófico. Aquí, los científicos no tienen más remedio que apuntar a las partes movidas de la foto, y seguir investigando para que se aclaren.

Por ejemplo, es incómodo pensar que...

...el metano en la atmósfera, que seguía un ciclo idéntico al de las glaciaciones, lleva siete mil años aumentando, cuando le tocaba disminuir (más o menos, desde que empezó la agricultura, y en especial el cultivo de arroz en zonas pantanosas);

...los volcanes irregulares, y los incendios generan más toneladas de dióxido de carbono que la actividad industrial;

...las bacterias del suelo descomponen el humus (produciendo CO2) a una velocidad que crece exponencialmente con la temperatura del suelo;

...el dióxido de carbono que se disuelve en el océano está cambiando su pH, haciendo la vida imposible al plancton que genera caparazones calizos;

...los bosques, captadores de CO2, tras arder se reemplazan por pastos destinados al forraje de ganado, que genera metano...

Si a todo ello sumamos detalles como el ritmo al que se construyen centrales de carbón en países en rápido crecimiento que no han firmado el protocolo de Kyoto, o las luces con las que iluminamos el aire de las habitaciones vacías, el clima va a ser, sin duda, una realidad cambiante.

 

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