El clima cambiante
Arturo H. Ariño
Dpto. Zoología y Ecología
Universidad de Navarra
A finales de los 60, la preocupación en círculos científicos
era el próximo final del período interglacial. A la Tierra le "tocaba"
ir dejando el buen tiempo y avanzar hacia la siguiente glaciación:
continentes cubiertos de hielo y el nivel del mar muchos metros
más bajo.
Calor (mucho) y frío (mucho más) se suceden regularmente
en la Tierra. Se ha investigado mucho, pero las causas no están
bien explicadas aún. Las hipótesis mejor consensuadas miran mucho
a la órbita de la Tierra, que es algo más complicada de lo que parece.
Cambia de circular a elíptica cada cien mil años. El eje de rotación
de la Tierra está inclinado con respecto a la órbita, y además de
variar de ángulo cada 41.000 años, oscila como una peonza cada 22.000.
Así que los continentes, que están principalmente en el hemisferio
Norte, pasan de apuntar hacia el Sol (lo que llamamos "verano")
cuando la Tierra está más lejos del Sol, como ahora, a hacerlo cuando
está más cerca, cada once mil años. Y eso calienta un rato.
Como resultado de este baile, pero no sólo de él, el clima cambia.
Sólo que el cambio es de cálido a tórrido, en comparación con lo
que correspondería.
Sin atmósfera, la Tierra sería docenas de grados más fría. Como
la Luna, para ser exactos. Pero no es así. En la atmósfera, los
llamados "gases de invernadero" (principalmente
dióxido de carbono, metano y vapor de agua) atrapan el calor que,
en forma de radiación infrarroja de onda larga, la Tierra devuelve
al espacio. Hacen de manta. Otros factores, como la nubosidad, el
dióxido de azufre, o las partículas en suspensión, actúan como sombrilla,
enfriando la atmósfera. El propio hielo y la nieve actúan como reflectantes,
generando más frío. El efecto sobre la temperatura de cada factor
se recoge en un parámetro llamado forzamiento radiativo:
positivo si calienta, negativo si enfría. El resultado
del forzamiento es una temperatura media de equilibrio.
La cuestión no es si está cambiando el clima, sino por qué
está cambiando ahora, a qué velocidad lo hace, y en qué dirección
va.
Mucho antes de la aparición de los primeros humanos, había gases
de invernadero. Los volcanes se ocuparon de soltarlos durante los
primeros cientos de millones de años, y aún hoy siguen haciendo
de las suyas. Luego tomaron el relevo la vegetación y la vida; y
en los últimos tiempos, el hombre. En especial, la concentración
de dióxido de carbono parece muy relacionada con los ciclos
de la órbita, y a su vez (aunque con un incómodo desfase:
en ocasiones los sigue en vez de precederlos) con los ciclos
climáticos observados. Parece que son efectos que se realimentan
mutuamente.
El dióxido de carbono se produce cuando se quema el combustible,
y da lo mismo que sea la madera en un bosque, la gasolina en un
coche, el carbón en una térmica... o el azúcar en las células. Vivir
produce CO2. El metano (en forma de gas en los pantanos) procede
principalmente de la descomposición de las plantas en las zonas
pantanosas, muy abundantes en otros tiempos, o de la materia orgánica
en general. Por otra parte, el dióxido de carbono se disuelve en
los océanos, y puede terminar en el sedimento que se convertirá
en roca caliza. Las plantas y animales muertos, bajo ciertas condiciones,
terminan como petróleo, carbón o gas natural.
Así que la cantidad de gases de invernadero en la atmósfera depende
de un equilibrio (variable) entre lo que entra y lo que sale. De
la cantidad que haya, superpuesta a los ciclos astronómicos, deriva
el clima. Como todo lo anterior cambia, el clima cambia. Y con el
clima, el tiempo atmosférico; sólo que esto es
a muy corto plazo y, cuanto más tiempo pasa, más probable es ver
un récord: un año muy frío, o muy lluvioso, o muy cálido, o muy
seco...
Y aquí es donde empiezan los líos, y donde los científicos se tienen
que calzar las botas de buzo mientras otros amuelan navajas.
Desde la Revolución Industrial, hace más de doscientos años, el
hombre ha dependido de quemar combustibles para su vida: madera
(como antes), pero cada vez más carbón y petróleo. Esto produce
dióxido de carbono y vapor de agua, pero a muchísima más velocidad
de lo que tardaron en generarse. Como consecuencia, la concentración
de dióxido de carbono ha aumentado notablemente en muy poco tiempo,
y el forzamiento radiativo neto es positivo. El Panel Intergubernamental
del Cambio Climático (IPCC) así lo ha puesto de manifiesto,
y la consecuencia previsible es un recalentamiento del clima: fusión
de hielos, avance de los desiertos, subida del nivel del mar y desaparición
de las zonas costeras en un plazo relativamente corto. Esto ya había
sucedido antes, así que la previsión (apoyada por los modelos climáticos,
aún no muy refinados) es bastante plausible.
Con estos mimbres, el canasto mediático parece claro: Si se quiere
evitar el cambio climático, hay que reducir la cantidad de dióxido
de carbono que el hombre vierte a la atmósfera. O eso, o el desierto
en Pamplona en unas pocas décadas.
¿Puede el hombre dejar de producir el exceso de CO2 que no se puede
ciclar de forma natural? Sí, con un coste bien conocido: reducir
o eliminar la dependencia de los combustibles fósiles. Quemar
en 100 años lo que tardó 100 millones en absorberse no parece un
modelo de equilibrio.
Existen múltiples propuestas bien conocidas, que se resumen en
un único mandamiento: Usar el sentido común. Reducir
un 10% la velocidad a la que se conduce, poner el termostato más
alto en verano que en invierno, cerrar el grifo del radiador en
vez de abrir la ventana, usar la bici para ir al trabajo en lugar
de ir al gimnasio, o disfrutar de la guarnición al menos tanto como
del filete son opciones placenteras de coste cero, cuyo denominador
común es que reducen la energía gastada y, en consecuencia, los
gases de invernadero producidos. Naturalmente, hay muchas más, que
irán entrando conforme las orejas del lobo sean más nítidas.
Ahora bien, sería iluso creer que con estos detalles se puede atajar
el cambio climático. Este cambio se producirá, y lo que nos compete
es evitar que sea catastrófico. Aquí, los científicos no tienen
más remedio que apuntar a las partes movidas de la foto, y seguir
investigando para que se aclaren.
Por ejemplo, es incómodo pensar que...
...el metano en la atmósfera, que seguía un ciclo idéntico al de
las glaciaciones, lleva siete mil años aumentando, cuando le tocaba
disminuir (más o menos, desde que empezó la agricultura, y en especial
el cultivo de arroz en zonas pantanosas);
...los volcanes irregulares, y los incendios generan más toneladas
de dióxido de carbono que la actividad industrial;
...las bacterias del suelo descomponen el humus (produciendo CO2)
a una velocidad que crece exponencialmente con la temperatura del
suelo;
...el dióxido de carbono que se disuelve en el océano está cambiando
su pH, haciendo la vida imposible al plancton que genera caparazones
calizos;
...los bosques, captadores de CO2, tras arder se reemplazan por
pastos destinados al forraje de ganado, que genera metano...
Si a todo ello sumamos detalles como el ritmo al que se construyen
centrales de carbón en países en rápido crecimiento que no han firmado
el protocolo de Kyoto, o las luces con las que iluminamos el aire
de las habitaciones vacías, el clima va a ser, sin duda, una realidad
cambiante.
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