Avances en el tratamiento del cáncer de mama
Dr. Fernando Domínguez
Jefe Clínico del Servicio de Cirugía General del Hospital Virgen
del Camino y Ex-Presidente de la Sociedad Española de Senología
y Patología Mamaria
Cuando se habla o se escribe acerca de los aspectos epidemiológicos
del cáncer de mama, se suele comenzar diciendo que es la
neoplasia que más mortalidad produce en la mujer entre los
35 y los 50 años y que su incidencia aumenta cada año.
Y esto, que además de ser absolutamente cierto, es lo que
habitualmente destacan los medios informativos en grandes titulares,
no debe separarse de otra afirmación tan real como la anterior:
la mortalidad producida por el cáncer de mama ha mostrado
un progresivo descenso en la última década. Tomando
como ejemplo lo ocurrido en Navarra por resultar más cercano,
en 1995 murieron 90 mujeres por cáncer de mama mientras que
en 2005 lo hicieron 78, es decir, un 13% menos. Estos datos son
más llamativos si consideramos que en este periodo de tiempo
su incidencia aumentó entre el 1y 2 % anual. Actualmente
alrededor del 76% de las mujeres españolas diagnosticadas
de cáncer de mama sobreviven a la enfermedad.
Esta disminución de la mortalidad es debida a varios factores
que se imbrican entre sí y que se apoyan en dos pilares fundamentales:
el diagnóstico precoz y los avances
en los tratamientos quirúrgico y oncológico.
Por un lado, el diagnóstico del cáncer de mama es
cada vez más precoz. Este irrefutable hecho se produce gracias
a la mejora de los procedimientos diagnósticos de imagen
(mamografía digital o digitalización de imágenes
mamográficas, técnicas de biopsias dirigidas por estereotaxia,
resonancia magnética nuclear, etc.) y a la mayor sensibilización
de la población inducida por el desarrollo e implantación
de los Programas de Detección Precoz (hoy
ya existentes con mayor o menor éxito en todo el territorio
estatal). Esta sensibilización, desencadenada por las campañas
publicitarias de los programas, provoca que las mujeres con edades
no incluidas en los Programas busquen procedimientos alternativos
para realizarse revisiones mamarias y mamografías (a través
de la Sanidad Pública o la Sanidad Privada), que posibilitan
el diagnóstico de tumores de mama todavía en estadios
iniciales.
Pero también los avances de los distintos tipos de tratamiento
han condicionado la disminución de la mortalidad, además
de una mejoría evidente de la calidad de vida de las pacientes.
Por lo que respecta al tratamiento quirúrgico,
se tiende cada vez más a una menor agresividad sobre la mama
y los ganglios axilares. Hasta hace unos pocos años a las
pacientes diagnosticadas de cáncer de mama infiltrante se
les realizaba linfadenectomía axilar completa, lo que producía
secuelas en todas ellas, algunas graves e invalidantes como el linfedema
severo. Actualmente la técnica de biopsia del ganglio centinela
(cuando está indicado realizarla), permite conocer el estado
de afectación ganglionar, con mayor eficacia que cuando se
realizaba sistemáticamente la linfadenectomía axilar
y con mínimas secuelas. Se sabe desde hace muchos años
que el pronóstico del carcinoma de mama depende poco del
tipo de tratamiento que se haga a nivel local, ya sea conservador
o mastectomía, siempre y cuando la técnica quirúrgica
esté bien indicada y bien realizada, como lo demuestran algunos
estudios publicados (Kingsmore, 2004). Sin embargo, son indudables
las ventajas del tratamiento conservador: además
de tener una importante repercusión estética y que
la calidad de vida de las pacientes es mayor, facilita el diagnóstico
precoz, ya que está demostrado que las mujeres acuden antes
al médico ante cualquier síntoma si saben que el diagnóstico
de cáncer de mama no les va a conducir inexorablemente a
la amputación que suponía la mastectomía. Se
cierra así el círculo tratamiento quirúrgico-diagnóstico
precoz, tan íntimamente ligados.
Las técnicas de Cirugía Oncoplástica,
cada vez más utilizadas, permiten realizar tratamientos conservadores
en situaciones que hace unos años ni se hubiesen planteado;
y las técnicas de mastectomía ahorradora de piel permiten
reconstrucciones mamarias postmastectomías que hace unos
años no se hubieran realizado. También mejoran la
calidad de vida técnicas de radioterapia como la braquiterapia
(utilizada nuevamente después de unos años en desuso),
o como podría hacerlo también la radioterapia intraoperatoria
si se llegase a demostrar su eficacia en los ensayos clínicos
que se están realizando.
Otro motivo de disminución de la mortalidad por cáncer
de mama son los avances habidos en el tratamiento sistémico
de la enfermedad, es decir, quimioterapia y tratamientos hormonales.
La llegada reciente de nuevos fármacos, unos más o
menos relacionados con los agentes quimioterápicos o los
tratamientos antiestrogénicos empleados anteriormente, y
otros que aportan un concepto nuevo en el tratamiento del cáncer
de mama (como el de las dianas moleculares que aporta el anticuerpo
monoclonal trastuzumab- Herceptin"-), han supuesto una importante
reducción de los efectos secundarios de los tratamientos
utilizados habitualmente y de la mortalidad, tal y como demuestran
diversos ensayos clínicos publicados de unos años
a esta parte. Este es el caso de los taxanos, o de los inhibidores
de la aromatasa que han sustituido al tamoxifeno en el tratamiento
de tumores hormonodependientes en postmenopaúsicas, o el
caso del ya mencionado Herceptín" que se emplea como
terapia de primera línea en pacientes con tumores que expresan
una determinada proteína (c-erb-B2).
Todas estas innovaciones en el tratamiento han llevado al ansiado
resultado de mejorar la supervivencia y la calidad de vida en el
cáncer de mama. Sin embargo, estos logros todavía
no son suficientes, y estos esperanzadores resultados alcanzados
no deben relajarnos en la búsqueda de nuevas armas diagnósticas
y terapéuticas que permitan mejorar todavía más.
Falta mucho camino por recorrer, y en este empeño debemos
implicarnos tanto los profesionales (con nuestro esfuerzo personal
aunque sepamos que no siempre va a ser reconocido), como las administraciones
públicas que deben gestionar el gasto sanitario y dirigirlo
hacia aquellos objetivos auténticamente prioritarios (nueva
tecnología, potenciación de ensayos clínicos,
investigación sanitaria, ampliación de edades de los
Programas de Detección Precoz si ello se demostrase útil,
etc.). Si este empeño no es común, el retroceso en
los logros alcanzados en la lucha contra el cáncer de mama
será inevitable y baldío el esfuerzo realizado hasta
el momento actual.
|