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Cultura: Actualidad

Revista nº 6 / julio - agosto 2007 | Sumario zh6 | Artículos de cultura

Perseidas y estrellas de verano

Fernando Jaúregui
Astrofísico del Planetario de Pamplona

El verano, tiempo de vacaciones por excelencia, es un momento propicio para realizar actividades que se salen de nuestro quehacer cotidiano. Una de las más sugerentes consiste en pasar una velada nocturna en buena compañía, iluminados únicamente por el resplandor de los astros de la noche.

El cielo estrellado es uno de los paisajes naturales más hermosos, no en vano ha sido y sigue siendo inspiración de poetas, artistas y creadores de todos los lugares y épocas. Ese fondo negro tachonado de luces y recorrido por la Vía Láctea nos hermana a todos los seres que habitamos este pequeño planeta y es muy probable que en otros lugares del Universo, otros seres levanten su mirada hacia lo alto y contemplen paisajes similares, en el que nuestro Sol, no es sino uno más de los miles de luceros que pueblan su noche. El cielo nocturno es nuestro nexo de unión con el lugar del que proviene todo.

Tumbados boca arriba, bajo las estrellas de verano, asistimos al espectáculo anual de las Perseidas, también llamadas Lágrimas de San Lorenzo. Se trata de una de las principales corrientes de estrellas fugaces del año y presentan su máxima actividad alrededor de la noche del 12 al 13 de agosto. Posiblemente son las más famosas porque tienen lugar en una época en la que la sequía también alcanza las redacciones de los medios de comunicación. Una lluvia de estrellas fugaces es un fenómeno asociado a los restos que deja un cometa en su recorrido alrededor del Sol. Los núcleos cometarios están formados por una mezcla de hielo de agua y otros compuestos químicos congelados, con granos de polvo atrapados en su interior. Las órbitas de estos astros son muy alargadas, de forma que la mayor parte del tiempo se encuentran tan alejados del Sol que se mantienen como una bola de hielo flotando en su órbita. Pero cuando la gravedad solar los empuja hacia sus cercanías, parte del hielo se sublima (pasa directamente a estado gaseoso) y aparece una envoltura gaseosa de aspecto nebuloso. Esta cabellera o coma, rodea el núcleo del cometa y lo oculta a nuestra vista. La radiación y el viento solar empujan esa nube en sentido contrario al Sol formándose las preciosas y extensas colas que son tan características de estos astros. Durante el proceso de sublimación del hielo se liberan las partículas de polvo que se alejan del cometa a través de la llamada "cola de polvo" y siembran su órbita de esos minúsculos trozos de roca, como ocurre cuando un coche pasa veloz por un camino sin asfaltar en agosto. Si la Tierra cruza uno de esos caminos en su movimiento alrededor del Sol, recoge ese polvo que ha dejado el cometa y lo convierte en luz. Son las llamadas estrellas fugaces. La mayoría de ellas son producidas por partículas muy pequeñas, de apenas una micras de diámetro y unos miligramos de masa, pero su velocidad relativa a nuestro planeta es tan alta (entre 30 y 70 km/seg) que la fricción con las capas altas de la atmósfera hace que se desintegren mucho antes de llegar al suelo. La mayoría de las Perseidas son muy débiles y sólo pueden verse en cielos muy oscuros, sin Luna y sin contaminación lumínica. Aparecen y desaparecen silenciosamente en un suspiro, no dejan rastro y apenas nos da tiempo de apreciar su existencia. Algunas brillan lo suficiente como para ver claramente cómo se desplazan a toda velocidad contra el fondo estrellado; tenemos tiempo de emocionarnos y hasta de exclamar levantando el dedo en dirección a ellas. Unas pocas son tan espectaculares que pueden incluso iluminar el entorno y reinar en el cielo estrellado durante unos segundos, son los llamados bólidos y se recuerdan durante años cuando tenemos la suerte de asistir a su alocado camino de autodestrucción. En ocasiones, puede incluso escucharse el rumor que acompaña a su agonía, y algunos son tan grandes, que parte del material que lo ha originado llega hasta la superficie. Se calcula que en promedio, la Tierra recoge cada día unas 300 toneladas de material extraterrestre del espacio, la mayoría han formado estrellas fugaces.

Si trazásemos una línea recta siguiendo la trazada de cada Perseida hacia atrás, veríamos como todas confluyen en un punto del cielo situado, precisamente, en la constelación de Perseo. La constelación en la que se encuentra ese punto, llamado radiante, es quien da nombre a las lluvias de estrellas fugaces. Las perseidas parecen provenir de Perseo, lo mismo que las leónidas lo hacen de Leo, las gemínidas de Gemini o las oriónidas de Orión. Pero que parezcan provenir de una constelación no significa que se vean sólo en ella. Las estrellas fugaces se ven por todo el cielo y su actividad suele ser máxima justo antes del alba ya que en ese momento nuestra posición sobre la Tierra se enfrenta a su movimiento orbital.

Mientras esperamos a que una fugaz atraviese nuestro campo visual, podemos entretenernos identificando las constelaciones estivales. El cielo de verano está dominado por las tres estrellas más brillantes de las constelaciones de la Lyra, el Cisne y el Águila: se trata respectivamente de Vega, Deneb y Altair, las tres estrellas del triángulo del verano. Pero en las alturas también nos encontramos con héroes mitológicos como Hércules, animales de leyenda como Capricornio, el centauro arquero Sagitario o la serpiente; podemos disfrutar con la belleza de la pequeña Corona Boreal o con uno de los padres de la medicina, el Ofiuco o Serpentario, que representa al gran médico egipcio Inhotep del siglo XXVII antes de nuestra era, deificado durante el periodo persa y personificado en Asclepio por los Griegos y en Esculapio por los Romanos.

El Cisne parece volar hacia el Sur a lo largo de la Vía Láctea, esa banda lechosa que cruza la bóveda celeste y que, poco antes del amanecer parece indicar la dirección a Santiago, hacia el poniente. Quizá por eso la tradición ha identificado a ambos: La Vía Láctea o Camino de Santiago es la galaxia a la que pertenecemos. El Sol solo es una más de los doscientos mil millones de estrellas que la pueblan. La Tierra solo uno de los ocho planetas que dan vuelas alrededor del Sol. Pero no es un planeta cualquiera; aunque se trata de una minúscula mota de polvo en la inmensidad del Universo, este planeta es nuestro hogar y no tenemos otro. Será mejor que pongamos cuidado en cuidarlo si queremos que haya futuro para nuestra propia especie.


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