Perseidas y estrellas de verano
Fernando Jaúregui
Astrofísico del Planetario de Pamplona
El verano, tiempo de vacaciones por excelencia, es un momento
propicio para realizar actividades que se salen de nuestro quehacer
cotidiano. Una de las más sugerentes consiste en pasar una
velada nocturna en buena compañía, iluminados únicamente
por el resplandor de los astros de la noche.
El cielo estrellado es uno de los paisajes naturales más
hermosos, no en vano ha sido y sigue siendo inspiración de
poetas, artistas y creadores de todos los lugares y épocas.
Ese fondo negro tachonado de luces y recorrido por la Vía
Láctea nos hermana a todos los seres que habitamos
este pequeño planeta y es muy probable que en otros lugares
del Universo, otros seres levanten su mirada hacia lo alto y contemplen
paisajes similares, en el que nuestro Sol, no es sino uno más
de los miles de luceros que pueblan su noche. El cielo nocturno
es nuestro nexo de unión con el lugar del que proviene todo.
Tumbados boca arriba, bajo las estrellas de verano, asistimos al
espectáculo anual de las Perseidas, también
llamadas Lágrimas de San Lorenzo. Se trata
de una de las principales corrientes de estrellas fugaces del año
y presentan su máxima actividad alrededor de la noche del
12 al 13 de agosto. Posiblemente son las más famosas porque
tienen lugar en una época en la que la sequía también
alcanza las redacciones de los medios de comunicación. Una
lluvia de estrellas fugaces es un fenómeno asociado a los
restos que deja un cometa en su recorrido alrededor del Sol. Los
núcleos cometarios están formados por una mezcla de
hielo de agua y otros compuestos químicos congelados, con
granos de polvo atrapados en su interior. Las órbitas de
estos astros son muy alargadas, de forma que la mayor parte del
tiempo se encuentran tan alejados del Sol que se mantienen como
una bola de hielo flotando en su órbita. Pero cuando la gravedad
solar los empuja hacia sus cercanías, parte del hielo se
sublima (pasa directamente a estado gaseoso) y aparece una envoltura
gaseosa de aspecto nebuloso. Esta cabellera o coma, rodea el núcleo
del cometa y lo oculta a nuestra vista. La radiación y el
viento solar empujan esa nube en sentido contrario al Sol formándose
las preciosas y extensas colas que son tan características
de estos astros. Durante el proceso de sublimación del hielo
se liberan las partículas de polvo que se alejan del cometa
a través de la llamada "cola de polvo" y siembran
su órbita de esos minúsculos trozos de roca, como
ocurre cuando un coche pasa veloz por un camino sin asfaltar en
agosto. Si la Tierra cruza uno de esos caminos en su movimiento
alrededor del Sol, recoge ese polvo que ha dejado el cometa y lo
convierte en luz. Son las llamadas estrellas fugaces.
La mayoría de ellas son producidas por partículas
muy pequeñas, de apenas una micras de diámetro y unos
miligramos de masa, pero su velocidad relativa a nuestro planeta
es tan alta (entre 30 y 70 km/seg) que la fricción con las
capas altas de la atmósfera hace que se desintegren mucho
antes de llegar al suelo. La mayoría de las Perseidas son
muy débiles y sólo pueden verse en cielos muy oscuros,
sin Luna y sin contaminación lumínica. Aparecen y
desaparecen silenciosamente en un suspiro, no dejan rastro y apenas
nos da tiempo de apreciar su existencia. Algunas brillan lo suficiente
como para ver claramente cómo se desplazan a toda velocidad
contra el fondo estrellado; tenemos tiempo de emocionarnos y hasta
de exclamar levantando el dedo en dirección a ellas. Unas
pocas son tan espectaculares que pueden incluso iluminar el entorno
y reinar en el cielo estrellado durante unos segundos, son los llamados
bólidos y se recuerdan durante años
cuando tenemos la suerte de asistir a su alocado camino de autodestrucción.
En ocasiones, puede incluso escucharse el rumor que acompaña
a su agonía, y algunos son tan grandes, que parte del material
que lo ha originado llega hasta la superficie. Se calcula que en
promedio, la Tierra recoge cada día unas 300 toneladas de
material extraterrestre del espacio, la mayoría han formado
estrellas fugaces.
Si trazásemos una línea recta siguiendo la trazada
de cada Perseida hacia atrás, veríamos como todas
confluyen en un punto del cielo situado, precisamente, en la constelación
de Perseo. La constelación en la que se encuentra
ese punto, llamado radiante, es quien da nombre a las lluvias de
estrellas fugaces. Las perseidas parecen provenir de Perseo, lo
mismo que las leónidas lo hacen de Leo, las gemínidas
de Gemini o las oriónidas de Orión. Pero que parezcan
provenir de una constelación no significa que se vean sólo
en ella. Las estrellas fugaces se ven por todo el cielo y su actividad
suele ser máxima justo antes del alba ya que en ese momento
nuestra posición sobre la Tierra se enfrenta a su movimiento
orbital.
Mientras esperamos a que una fugaz atraviese nuestro campo visual,
podemos entretenernos identificando las constelaciones estivales.
El cielo de verano está dominado por las tres estrellas más
brillantes de las constelaciones de la Lyra, el Cisne y el Águila:
se trata respectivamente de Vega, Deneb y Altair, las tres estrellas
del triángulo del verano. Pero en las alturas también
nos encontramos con héroes mitológicos como Hércules,
animales de leyenda como Capricornio, el centauro arquero Sagitario
o la serpiente; podemos disfrutar con la belleza de la pequeña
Corona Boreal o con uno de los padres de la medicina, el Ofiuco
o Serpentario, que representa al gran médico egipcio Inhotep
del siglo XXVII antes de nuestra era, deificado durante el periodo
persa y personificado en Asclepio por los Griegos y en Esculapio
por los Romanos.
El Cisne parece volar hacia el Sur a lo largo de la Vía
Láctea, esa banda lechosa que cruza la bóveda
celeste y que, poco antes del amanecer parece indicar la dirección
a Santiago, hacia el poniente. Quizá por eso la tradición
ha identificado a ambos: La Vía Láctea o Camino de
Santiago es la galaxia a la que pertenecemos. El Sol solo es una
más de los doscientos mil millones de estrellas que la pueblan.
La Tierra solo uno de los ocho planetas que dan vuelas alrededor
del Sol. Pero no es un planeta cualquiera; aunque se trata de una
minúscula mota de polvo en la inmensidad del Universo, este
planeta es nuestro hogar y no tenemos otro. Será mejor que
pongamos cuidado en cuidarlo si queremos que haya futuro para nuestra
propia especie.
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