Inundaciones y sequías, riesgos climáticos extremos
responsable
Javier María Pejenaute Goñi, Doctor en Geografía
e Historia
La sucesión habitual de tiempos normales se ve interrumpida
por la aparición de episodios atmosféricos extraordinarios,
que son tema de actualidad por los efectos negativos que causan
en la población. De entre todos ellos destacan las sequías
y las inundaciones, que son riesgos climáticos de fuerte
impacto y peligrosidad. Su conocimiento es un factor esencial en
la búsqueda de posibles soluciones, que permitan, por lo
menos, reducir la vulnerabilidad de las personas.
La península Ibérica padece eventos atmosféricos
extremos que originan cuantiosas pérdidas humanas y materiales,
si bien sus efectos no son tan fuertes como los de las áreas
tropicales. Aparecen con cierta frecuencia, tanto las intensas lluvias
que producen avenidas importantes (gotas frías), como las
sequías, cada vez más presentes. La sociedad demanda
la aplicación de sistemas de prevención y estrategias
de planificación.
Las sequías y el problema del agua
Se puede definir la sequía como una importante reducción
de la cantidad total de precipitaciones, con respecto a la media
de las series históricas. Incide en los cultivos, vegetación
y suelos, pues en los períodos secos se producen incendios
y erosión de las tierras; y repercute directamente en el
abastecimiento humano, regadíos y producción de electricidad.
Es muy difícil predecir los períodos secos; lo único
que se sabe es la tendencia a la lluvia de un observatorio y las
probabilidades de que llueva una determinada cantidad para un período
de retorno. Por lo tanto, más que pronosticarlas lo que hay
que hacer es estar preparados para afrontarlas. Es decir, dado que
el agua cada vez se consume más (expansión de la agricultura
de regadío, crecimiento de los usos urbanos, desarrollo del
turismo
), y va siendo un bien escaso, habrá que ahorrar
más y buscar nuevas fuentes de recursos.
El área mundial afectada es enorme. Últimamente se
han padecido sequías severas en el Sahel; en el noreste de
Brasil; en gran parte de Australia; y en regiones monzónicas.
También aparece en zonas templadas de clima oceánico
lluvioso, como la de 1989 en el Reino Unido y Alemania, la de 1988-89
en las llanuras centrales de los Estados Unidos, y las más
frecuentes de los países mediterráneos. En la península
Ibérica afecta a todas las regiones, pero con distinta intensidad.
Castiga más a las comunidades meridionales y orientales (Andalucía,
Valencia y Murcia) por la mayor influencia del anticiclón
de las Azores. Las sequías cantábricas, por el contrario,
son poco frecuentes, pues es difícil encontrar años
secos en una región de entrada regular del aire oceánico.
Todavía algunas personas recordarán la famosa sequía
de los años 1989-90 que afectó al País Vasco
y Navarra y dejó a Bilbao sin agua. Las ibéricas,
que se dan en la totalidad de la Península, suelen durar
de dos a cuatro años. Van relacionadas con situaciones anticiclónicas
prolongadas, que se instalan en un territorio e impiden la llegada
de las situaciones lluviosas.
Las inundaciones catastróficas
Son un riesgo frecuente que provoca serios daños materiales
y humanos. Este año se han registrado inundaciones en el
Reino Unido, en áreas monzónicas, en zonas del Caribe
por el paso de los huracanes Dean y Félix, y estos días,
las últimas, en el golfo de Guinea. Y sin ir más lejos,
Navarra ha padecido en lo que va de año tres inundaciones
importantes en marzo, abril y mayo, que han afectado, respectivamente,
a la Cuenca de Pamplona, Navarra Media y la Ribera, y la comarca
Baztán-Bidasoa.
Pero las más extremas y virulentas son las ocasionadas por
los ciclones o huracanes tropicales, que son las de mayor efecto
devastador que se conocen por su magnitud y porque afectan a zonas
densamente pobladas y vulnerables: costeras bajas (Bangladesh),
monzónicas agrícolas (Filipinas), golfo de Méjico
y Caribe. Se trata de grandiosas tormentas, formadas en las regiones
ecuatoriales, que dan lugar a lluvias torrenciales, fuerte oleaje
y mareas altas, que provocan inundaciones y vientos huracanados.
El año 2005 fue uno de los más extremos con un balance
atípico: trece huracanes -seis de ellos considerados mayores
y tres de categoría cinco- y veintiséis tormentas
tropicales. Al final de la temporada, se registró un hecho
curioso y original. Dos de ellos se formaron al sur de las Azores,
en una zona que no suele reunir las condiciones idóneas para
su desarrollo: el Vince, que llegó al golfo de Cádiz
entre el 9 y el 11 de octubre y la tormenta tropical Delta, que
afectó a las islas Canarias entre el 23 y 28 de noviembre.
De entre todos los huracanes, destacó el Katrina, que causó
enormes daños en Nueva Orleans y el Sur de Estados Unidos.
Nuestro modo de vida influye en los daños que ocasionan.
Desde muy antiguo, y ahora cada vez más, la población
ha ido ocupando zonas próximas a los ríos, valles
estrechos y llanuras de inundación, donde se encuentran las
mejores tierras y las más peligrosas. Cuando se registran
precipitaciones elevadas en poco espacio de tiempo, los ríos
aumentan de caudal y anegan las zonas próximas.
Eventos atmosféricos extremos y cambio climático
Según los últimos informes del IPCC (Intergovernmental
Panel on Climate Change) es probable que la emisión de gases
contaminantes por la acción humana haya causado el incremento
de la temperatura media mundial desde mediados del siglo XX. Los
escenarios que se manejan son cada vez más preocupantes;
se habla de posibles cambios en los patrones de circulación
atmosférica, trayectos de tormentas y en la disminución
de días de lluvia, y aumento de su intensidad. En la actualidad
hay quienes relacionan el crecimiento de los tiempos extremos con
el cambio climático y piensan que, si el hombre no pone remedio,
seguirán aumentando. Sin embargo, se sabe poco y hay mucho
por investigar. La cuestión no es sencilla, pues también
es cierto que el hombre, cada vez más, está ocupando
zonas de alto riesgo.
Hay que estar preparados, puesto que el sistema climático
mundial se caracteriza por la presencia de tiempos extremos. Así
es, así será y así hay que aceptarlo. Una de
las medidas más eficaces para su prevención es la
mejora del sistema de alerta meteorológica, especie de aviso
con antelación, para que se puedan activar planes de emergencias,
ante la llegada de un fenómeno atmosférico adverso.
Otra, realizar planes de ordenación del territorio que tengan
en cuenta los riesgos climáticos y el posible cambio climático.
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