Las fiestas de Navidad constituyen el periodo más alegre del calendario litúrgico cristiano, y están centradas en torno a los sucesos ocurridos a la Sagrada Familia de Nazaret en los momentos cercanos al nacimiento de Cristo, que adopta forma humana para parecerse a los hombres a los que iba a redimir de las consecuencias del pecado original y la expulsión del paraíso. Los elaboradores de la doctrina de la iglesia utilizaron el símil de la familia y del nacimiento de un nuevo ser, que es uno de los acontecimientos más extraordinarios y gratificantes, pues da sentido y continuidad a la vida humana, para convertir el misterio del nacimiento de Jesús en uno de los dogmas más importantes de la religión cristiana. Cuestiones de alta teología que había que hacer comprensibles al pueblo llano, especialmente en aquellos siglos en que la instrucción se hacía por medio de imágenes. Ya en las iglesias bizantinas encontramos mosaicos que relatan algunos capítulos de estas festividades navideñas. En la ciudad italiana de Ravenna, último bastión del imperio romano ante los bárbaros, la iglesia de San Apolinar el Nuevo, construída a mediados del s. VI, ofrece a la vista del espectador las maravillosas figuras de la adoración de los magos, que la tradición popular identifica con Melchor, Gaspar y Baltasar; este último, por cierto, sin los rasgos africanos que desde finales de s. XV nos permiten reconocer a Baltasar como el rey negro.
Otra forma de revivir el ciclo navideño tiene que ver con la difusión del belén, inicialmente el misterio del nacimiento de Cristo, al que se añaden otra serie de figuras que tratan de rememorar el relato evangélico. Aunque existen representaciones pictóricas del nacimiento en retablos de iglesias desde la baja E. Media, la moda de coleccionar figuras del belén llegó a España desde Nápoles en la primera mitad del s. XVII, trayéndola los virreyes que gobernaron aquel reino. Los belenes napolitanos, reservados inicialmente por su elevado coste a los miembros de la más alta clase social, fueron montados incluso en el palacio real desde la etapa de los Borbones, que apreciaron la calidad de las figuras y de las compo- siciones y escenas representadas. El género fue popularizándose con el paso de tiempo, hasta el punto de convertirse en una de las tradiciones más arraigadas de las conmemoraciones navideñas españolas, tanto en el ámbito domiciliario como en exposiciones de las asociaciones de belenistas.
El ciclo festivo navideño cristiano termina con la Epifanía. La historia y la fiesta de los Reyes Magos se difunde en los reinos hispánicos probablemente por influencia francesa a partir del s. XII. Uno de los textos teatrales más antiguos es el auto de los Reyes Magos, que se representaba en las iglesias del Toledo cristiano. Navarra cuenta también con magníficas representaciones de la adoración de los Magos, por ejemplo en la miniatura del Sacramental del monasterio cisterciense de Fitero, datado a comienzos del s. XIII y que se conserva en el Archivo General de Navarra; o en la escultura gótica del claustro de la catedral de Pamplona del s. XIV. Considerada como la culminación de las fiestas navideñas, la noche mágica y el amanecer del día de reyes constituyen uno de los momentos de más grato recuerdo en la memoria familiar, porque agasajando a los niños que son los reyes de la fiesta, los no tan niños nos sentimos magos por un día, compartiendo la sorpresa y la ilusión de los más pequeños.