Miles de fieles, de todas las edades, se acercan cada 3 de febrero a la Pa-rroquia de San Nicolás de Pamplona y a otras parroquias de Navarra para la popular bendición de roscos y alimentos en el día de San Blas. Sin embargo, muchos desconocen quién era este santo y por qué se celebra esta fiesta.
San Blas, contemporáneo de San Nicolás, nació a mediados del siglo III en Sebaste, situada en la región de la Capadocia, en la actual Armen. Años después resultaría elegido obispo de esta ciudad, como San Fermín lo fue de Pamplona. Durante la cruenta persecución del emperador Licinio tuvo que huir de Sebaste, refugiándose en una cueva del monte Argeo. Cuenta la leyenda que en la cueva era atendido por numerosos animales salvajes, que le proporcionaban el alimento, hasta que un día fue descubierto por los soldados cazadores y llevado a la cárcel. Allí curó a muchos enfermos, que acudían a él movidos por su fama de santidad.
En su proceso ante el juez rechazó con fortaleza la invitación a adorar a los ídolos, siendo martirizado de diversas maneras. Por ejemplo, su carne fue maltratada con unos peines de hierro similares a los usados para cardar la lana, y al final fue decapitado el 3 de febrero de 316. Dilacerato corpore, infractus animo resistit, dice el relato de su Pasión, comentando su admirable fortaleza ante la sanguinaria destrucción de su cuerpo. Cuando era conducido al martirio realizó el milagro que lo haría famoso. Una madre le acercó a su hijo, desahuciado por los médicos y a punto de morir a causa de una espina que se le había atragantado. San Blas oró por él y le hizo la señal salvadora de la cruz de Cristo, siendo curado el niño al instante. Desde entonces se le venera en la Iglesia como el santo intercesor ante Dios en todos los males de la garganta.
La parroquia de San Nicolás contaba con una riquísima religiosidad popular, la de los denominados “santicos de pan y chistorra”, que un conocido refrán pamplonés resumía así: “los santicos de San Nicolás empiezan con San Mauro y terminan con San Blas, que es el caporal”. Aunque todos estos santos, que calientan el frío invierno de Pamplona, San Antón, San Sebastián, Santa Inés, San Babil,… prosiguen en sus retablos, lo cierto es que San Blas se lleva la palma. Y no es para menos. San Blas tuvo su iglesia propia, románica, situada junto a la plazuela de San Nicolás. Desaparecida ésta, su Cofradía se instaló en el actual templo parroquial, siendo aprobadas sus Constituciones el año 1339, por el obispo D. Arnaldo de Barbazán. Desde entonces, los “blasistas” desarrollaron, durante siglos, una rica labor cultual y caritativa. Celebraban el día de San Blas con una procesión en la que varios sacerdotes cofrades llevaban la imagen del Santo por toda la parroquia; seguida de la misa solemne. A la tarde, después de las vísperas cantadas, se repetía la procesión, esta vez por el claustro parroquial, situado donde ahora se colocan los puestos, tras la cual se daba a venerar la reliquia del Santo y se bendecían los alimentos. Hoy, aunque hayan desaparecido algunos de los elementos rituales de la fiesta, pervive lo sustantivo de la devoción al Santo. Así nos lo demostrarán los innumerables fieles que llevarán a bendecir sus alimentos, para así prevenir o aliviar el mal de las gargantas, tanto el que sale de dentro, que suele ser el peor, como el que entra desde fuera. Que San Blas nos bendiga y nos proteja de todo mal.