Cómo afecta a la salud el uso de la calefacción
Ángel Sampériz Legarre
Jefe de Servicio de Medicina Interna. Hospital Reina Sofía de Tudela
Aunque es muy variable según las diferentes personas
y momentos, la sensación de frío comienza cuando la
temperatura baja de 20 ó 21 grados, en ausencia de actividad
física. Es en ese momento cuando debemos conectar algún
sistema que caldee el ambiente y lo haga más agradable.
Pero el aporte de calor por medio de los diversos sistemas que
pueden producirlo, no está exento de riesgos para la salud.
Por una parte, los derivados del aumento de la temperatura y sequedad
del ambiente. Por otra, por la posible producción de sustancias
tóxicas en el domicilio; y por último, y más
hoy en día, por la contaminación medioambiental que
pueden generar. Vamos a analizar cada uno de estos factores, y sus
posibles soluciones o disminución de los perjuicios que se
pudieran producir.
Riesgos derivados del aumento de temperatura y sequedad de ambiente
En primer lugar digamos que es fundamental disponer de un termómetro
y un higrómetro para conocer las condiciones ambientales
en las que nos encontramos. Lo ideal es que la temperatura no suba
de 21º-23º y que la humedad ambiente se sitúe entre
el 50 y el 70%. Para conseguir esto, es importante que dispongamos
de un termostato que regule en todo momento la temperatura y por
lo tanto, gestione el funcionamiento del sistema de calefacción.
Cuanto mayor sea la temperatura, más se resecará el
ambiente, dependiendo este factor también del sistema de
calefacción utilizado. Así, el sistema de aire acondicionado
mediante bomba de calor es el que más reseca. Son buenos
sistemas, en este sentido, los acumuladores eléctricos y
los radiadores de agua caliente cuya caldera funcione con gas o
con gasóleo.
La sequedad del ambiente nos provoca sequedad de la piel
y las mucosas y es sobre todo esto último lo que puede generar
molestias y problemas. La sequedad de la mucosa respiratoria
a nivel de nariz, laringe, y tráquea, hace que las células
defensivas no produzcan el moco adecuado y no eliminen a las bacterias
que intentan colonizarlas, con lo que son más proclives a
la infección (catarros, gripe etc). La sequedad ocular
puede dar lugar a conjuntivitis. La sequedad de piel, a un
aumento de la descamación y picor, que puede precisar de
tratamientos cosméticos e incluso dermatológicos.
El incremento de temperatura por encima de determinados
niveles, que podríamos establecer en los 25-26 grados, además
de producir sensación de calor, que puede hacerse desagradable,
reseca más el ambiente y al aumentar el contraste de temperatura
entre interior y exterior, puede disminuir la capacidad de respuesta
defensiva del organismo. Los pacientes con enfermedades de las vías
respiratorias, como el asma y la enfermedad pulmonar obstructiva
crónica, son más susceptibles a estos problemas.
Determinados sistemas de calefacción acarrean problemas
particulares. Así, la calefacción mediante hilo radiante
o los circuitos de agua que se instalan por el suelo pueden acentuar
problemas circulatorios como las varices.
Riesgos derivados de la producción de sustancias tóxicas
La mala combustión del material empleado para la producción
de calor, bien por mal funcionamiento del sistema o bien por una
obstrucción de la salida de humos, puede provocar la emanación
de gases nocivos y su acumulación en cantidades peligrosas.
El monóxido de carbono se produce por una combustión
incompleta del material utilizado como combustible. Es un gas incoloro
e inodoro que no irrita las mucosas ni produce tos, ocupa el lugar
del oxígeno en la hemoglobina por la que tiene mucha mayor
avidez que el propio oxígeno, e intoxica al paciente al que
primero le puede hacer perder el conocimiento y posteriormente,
ocasionar una parada cardiorrespiratoria. En intoxicaciones de menor
grado puede provocar dolor de cabeza, nauseas, debilidad, mareos
y agitación respiratoria. A pesar del problema respiratorio
el paciente mantiene un espléndido color rosado, contrariamente
a lo que sucede con otros problemas respiratorios, donde el color
se torna algo azulado (cianosis).
El dióxido de nitrógeno se libera cuando las
cocinas, hornos de gas y estufas de parafina no funcionan correctamente.
No huele ni se ve, pero es irritante para las mucosas y puede causar
dificultad respiratoria, sobre todo en pacientes asmáticos
y más si las exposiciones son repetidas.
Existen otros productos derivados de una mala combustión,
sobre todo con estufas o chimeneas de carbón y leña,
que son las partículas de diversos elementos como benzopirenos
o radón, que además de tener un alto poder irritante,
pueden depositarse en lugares profundos del árbol bronquial,
pudiendo favorecer la aparición de tumores.
¿Qué hacer para evitar la producción de estos
componentes que pueden ser tan perjudiciales? En primer lugar asegurarse
de que todas las fuentes de calor funcionan correctamente. En segundo
lugar, seguir escrupulosamente las instrucciones de los fabricantes
en la puesta en marcha y en el manejo de los dispositivos y, si
empleamos fuentes de calor sin una adecuada salida de gases al exterior,
como pequeñas estufas, chimeneas, etc, tener la precaución
de abrir una ventana cada cierto tiempo, para ventilar el habitáculo
donde nos encontremos.
La Contaminación medioambiental parece que está
contribuyendo al cambio climático y las fuentes de calor
son las principales productoras de CO2, pero no es objeto de este
artículo entrar en estas cuestiones.
Está claro que hay que calentar las viviendas para que resulten
confortables, pero también hemos de ser conscientes de que
la calefacción puede tener efectos perjudiciales tanto para
la salud como para el medio ambiente y para nuestros bolsillos.
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