El microespacio afectivo de abuelos y nietos

Dr. Emilio Garrido-Landívar . Especialista en Psicología de la Salud

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Ser abuelo es un privilegio que te da la vida y es una etapa que todos esperamos, aunque no todos lo conseguimos. La vida pasa muy deprisa, y casi desde la Primera Comunión a casarse, media tan poco tiempo y espacio, que en un abrir y cerrar de ojos, te encuentras con los hijos casados y con nietos pululando en tu rededor. Se vuelve a cumplir otro ciclo de la vida, en este caso el de cada uno, casi similar al que cumplieron tus padres en épocas anteriores. Parece que nunca iba a llegar, pero a Dios gracias llega.

Ser abuelo tiene un tiempo de margen, que te viene bien para reflexionar, madurar y preguntarte más de una vez, mil cuestiones que de no ser abuelo, ni siquiera te las plantearías: ¿Lo querré igual que a mis hijos? ¿Lo querré más que a mis hijos? ¿Sabré actuar como un abuelo, o repetiré el modelo que hice con mis hijos?… Todas estas preguntas y muchas más, nos abren expectativas nuevas y se crean nuevos fantasmas, algunos muy duros de encajar. Pero también se abren expectativas muy diversas y que jamás hubieras pensado: Los nietos vienen a estimular una porción de la amígdala cerebral, que te satisface y te deja en momentos pensativo…

Lo que sí es cierto que estos nietos nacen en nuestro entorno cultural, familiar, afectivo y social. Nadie puede inhibirse de estas variables que forman un microespacio afectivo en el que los abuelos tienen mucho que vivir, aceptar y modificar, para que ese microespacio tenga un nivel de apoyo, de refuerzo, de solución de problemas y de mucho afecto en muchos momentos concretos de la evolución y desarrollo de nuestros nietos.

A nadie se le escapa pensar que no es lo mismo ese microespacio, si vive el matrimonio, la pareja, los dos; o solo vive uno de ellos. No es igual un abuelo, que los dos abuelos. no es lo mismo cuatro abuelos o solo dos o solo uno… Cada variable tiene unas connotaciones diferentes que hacen variar ese microespacio. tampoco es lo mismo que esos abuelos vivan en la misma ciudad o pueblo que los nietos o distantes y lejanos en espacio y tiempo… No es igual que ambos abuelos tengan salud o no la tengan, gocen de buen carácter o estén todo el día peleándose… Hay diferencias significativas si tienen una u otra cultura, incluso si son cristianos con cierto nivel de práctica o si son “dejados” sin ninguna práctica transcendente… Por último, no es lo mismo ser abuelos de nietos de hija, que de nietos de hijo; sí parece extraño, pero así es. Todas estas variables y más, que este espacio no nos ayuda para mayor desarrollo, generan un espacio especial, diferenciado y sutil en el apoyo y en el afecto de los nietos.

Los últimos estudios “intrafamilia”, están cerciorando con mucha fuerza, que los nietos con abuelos, se crían de diferente manera, que si no los tienen. Luego si no tenemos abuelos habría que adoptarlos.

La llegada del primer nieto

Es cierto que la llegada del primer nieto, del bebé-nieto, tiene connotaciones muy marcadas y sutiles: Estimula en nosotros sentimientos encontrados en muchas ocasiones y diversos fantasmas en otras. Puesto que el ciclo del envejecimiento tiene sus reglas fisiológicas y psicológicas, no debemos negarnos a ellas y al mismo tiempo aprender de ellas, para que no nos cojan “con el pie cambiado”. Podemos colaborar con los hijos, aportar nuestra experiencia si realmente nos la piden, y estar siempre al margen, aunque solícitos a su llamada y a sus sentimientos. Las nuevas responsabilidades nos hacen ser más flexibles, y esa flexibilidad ayuda a “mejorar nuestra juventud” de viejo. Porque una de las cosas que más se valora en esa evolución de abuelo, es cuántos resortes generamos cuando estamos al cargo de los nietos. ¡Esto se ha dado en llamar “la segunda juventud”.

Es cierto que puede y de hecho alteran nuestros horarios, nuestras costumbres, nuestras formas de vivir cómodas o semi cómodas, dependiendo cómo asuman unos y otros (hijos y abuelos) la conciliación entre trabajo y tiempo libre y/o economía familiar. Esta forma de cambio, indiscutiblemente que nos activa la corteza cerebral.

Nuestra comodidad y egoísmo era el centro de la casa, incluso para mi mujer y para los hijos: Viene un bebé y ya no soy el primero… Los afectos, el tiempo, la dedicación…; se hacen puntuales a cambio de cierto abandono para mí, y eso se nota y hay abuelos que no lo soportan… Pero esa forma de acomodarnos y ajustar nuestros sentimientos, hace que seamos más jóvenes de espíritu, de alma…y, a su vez vivimos con júbilo y con más energía, variables que nos estimulan la vida y nos hacen más conscientes y menos pasivos.

Los abuelos tienen un papel fundamental en la maduración de los nietos

Nos guste o no, los abuelos somos los transmisores de los valores tradicionales, en su buen sentido, o en el sentido positivo del término. Somos los consejeros, guías y apoyos de ritos y costumbres domésticas, históricas, familiares y religiosas que harán que nuestros nietos crezcan con raíces necesarias para conseguir una identidad y con unos valores transcendentes. ¡Esto no lo dude, incluso aunque los hijos no lo quieran!

Los abuelos son los mantenedores de la unión de la familia, ya que el ámbito familiar no se reduce a las relaciones paterno-filiales, célula fundamental; sino a toda la colectividad de las relaciones familiares que se pueden establecer como: tíos, sobrinos, primos, nietos… Los abuelos son piezas fundamentales en la integración de la vida en familia. Por eso resultamos claves para mantener y alimentar la unidad familiar en las fiestas importantes, en los cumpleaños, en las efemérides que llevamos cuenta de todas ellas y tanta alegría dan a los nietos. No solo aportan alegría, sino raíces, con sello de identidad que tanto los padres como los abuelos reforzamos y hay que reforzar.

En muchos otros casos, más excepcionalmente o más puntualmente que periódicamente, recae en nosotros “el cuidado –care-“ de los nietos, que hemos de hacer con dedicación y ternura. Reforzando el esquema que los padres nos dicen, y que es bueno mantener en un noventa por cien, para ser realmente los reforzadores de esos nietos a nuestro cargo. ¡Es una ridiculez estúpida, decir y aseverar que los abuelos ya no educan, sino maleducan! No señor, nuestra misión adulta y serena de abuelos es mejorar su evolución con aquellas cosas de disciplina y esfuerzo, cuyas pautas están dictadas por el buen sentido común de sus padres. Hacer lo contrario, no es fortalecer una educación para la que se nos ha llamado, en un momento puntual y especial.

Claro que sí, con una dosis de buen humor, de amor, de cariño; con generosidad, para que su equilibrio emocional madure y vaya aumentando, gracias a nuestra colaboración de abuelos sensatos, humanos y generosamente comprometidos.

Esta dosis afectiva que repartimos los abuelos, hace de filtro para evitar trastornos del comportamiento, aumente la autoestima y se sientas más seguros a la hora de superar la frustración. Al final el equilibrio familiar mejora gracias a nuestra aportación gratuita y desinteresada: ¡Es nuestra misión! Pero ha de ser puntual, no fija.

Los nietos quieren estar con sus abuelos

Está más que claro y más que investigado: Los nietos demandan a los abuelos, siempre y cuando éstos cumplan unas mínimas pautas de afecto, de roce y de apego. No es cierto Estando hablando en ambientes normalizados, no es cierto que los nietos deseen a los abuelos porque estos les permiten todo por todo. Los niños no son tontos, y saben y perciben con claridad que sus abuelos les quieren, les permiten las cosas sin tantas normas –a veces absurdas, neuróticas y perfeccionistas-, y consiguen más cosas los abuelos que sus padres. Prohíben menos y están casi siempre más atentos y solícitos a sus deseos de tiempo y amor. Esto nada tiene que ver con “maleducar”, posición que oigo con frecuencia incluso entre abuelos-as cultos.

Los niños saben que los abuelos no dramatizan tanto como sus padres, no exageran tanto, y cumplen aquello que prometen…y, esto lo saben, lo captan, se acostumbran y se sienten más seguros.

Dedicamos más tiempo, porque es tiempo lo que nos sobra, y ese tiempo es cuanto más valoran de sus abuelos: Nunca tienen prisa, siempre esperan, siempre están, no pasa nada, se quejan poco y tenemos más paciencia y más habilidad para decir lo que no nos gusta que hagan, dando generalmente las razones del por qué.

Es cierto que nuestros nietos pueden, sin dramatizar, realizar una serie de tareas que sus padres no les permiten: Ir al parque tal, ducharse en más tiempo, prepararse solos la merienda, cambiar el turno, dar un rodeo cuando salimos del cole y explorar otros caminos… Esto es algo “de premio”, que los abuelos permiten y hacen más agradable la estancia de los mismos; pero no es mimar por mimar. Si usted hace de abuelo perfeccionista, celoso, escrupuloso, autoritario, gruñón, exigente y agresivo; toda la magia se pierde, y su papel es meramente un espejo del padre de la criatura y le tendrá el “mismo paquete” que le tiene a su padre. Los niños no quieren estar con “esos abuelos”, que a Dios gracias, en poblaciones normales son excepciones.

Puede existir y existe una relación conflictiva

No se nos escapa de la mente, la idea de que existen conflictos que se alejan de una realidad, que anteriormente hemos planteado; y que no voy a criticar o moralizar sobre ello. Mi experiencia profesional con las familias, hace que uno escuche cosas muy atípicas y muy lejanas a una honradez intrasujeto e intrafamiliar, que se establece algunas veces con la relación de los abuelos e hijos, no con los nietos directamente. Quiere decir esto que por ambas partes: Padres e hijos adultos con nietos, las cosas pueden ser diferentes y también conflictivas.

Si las relaciones no son cordiales con algún miembro de la familia, las percepciones negativas, las distorsiones de la realidad, la falta de comunicación por ambas partes, hacen que no exista una buena relación cordial con los abuelos. Los fantasmas y las interpretaciones se generan de ambos lados del grupo, y generalmente todos tienen razón, pero no son los padres-hijos quienes tienen que “hacer más” para que las cosas fluyan con normalidad. Son los abuelos quienes tienen que “ceder” en aras a querer establecer vínculos afectivos con sus nietos.

Las excusas no son válidas entre adultos, sobre todo estando en juego el amor y el cariño de sus nietos. ¡No vale el criterio antiguo, que nos respeten como padres y abuelos; son ellos –los hijos-, quienes tienen que dar el primer paso!… No es así, somos nosotros los abuelos quienes por nuestra edad, sabiduría y prudencia, bañada con mucho amor a nuestros nietos, hemos de acceder para que los vínculos afectivos no se rompan ni se oxiden. ¡Cómo podemos estar un mes sin ver a nuestros nietos, viviendo en el mismo entorno! No me dé excusas, de tener la razón, no existe la razón cuando amar a los nietos es parte de nuestro tiempo, de nuestra generosidad y de la compasión que hemos de mostrar para no romper los lazos emocionales que tanto los necesitan nuestros nietos y muchas veces nuestros hijos.

Los conflictos, generalmente faltos de cultura, de generosidad, de amor…, en muchos casos ridículos y que se van “enrollando de tal manera” que al final nadie sabe cómo empezó y cómo evolucionó, lo que sí es real que no hay conexión ni generosidad afectiva en uno o en otro grupo, no hacen sino deteriorar la relación familiar de todos y no gana nadie, menos los nietos que están al deseo de amar y querer a sus abuelos.

Otro conflicto de índole económico en tiempo y dinero, es cuando los abuelos sustituyen en un porcentaje muy alto, a los padres. Los abuelos no son los padres, los abuelos son colaboradores, apoyadores, reforzadores de la educación de los nietos, donde el amor y la paciencia con tiempo, hacen que sus nietos vivan más equilibrados.

Dedicar casi las veinticuatro horas a los nietos, no solo no es de recibo, sino que además no es una pauta que mejore el desarrollo y el bienestar de los mismos. Los padres son los padres, y no son sustituibles por nadie, ni siquiera por los abuelos. Estamos hablando en condiciones normales, no vamos a hablar de excepciones que nos ocuparía toda la revista hospitalaria. Ayudar, favorecer, acompañar en momentos puntuales es una labor de abuelos; sustituir nunca será nuestra misión. Esto tienen que saberlo los hijos y todos hemos de defenderlo para que las cosas no se nos “salgan de madre”.

 

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