Prevención de la maloclusión de los dientes en el niño. Tratamiento temprano para guiar el desarrollo de cara y dientes

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La maloclusión se define como cualquier alteración del crecimiento óseo del maxilar o de la mandíbula (desarrollo de la cara) y/o posición de los dientes.

¿Porqué casi todos los niños llevan ahora aparatos?

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 75% de la población infantil tiene un grado de maloclusión. En el hombre civilizado es difícil encontrar un sistema masticatorio-respiratorio maduro, bien desarrollado, ya que el esfuerzo por sobrevivir es menor que en el pasado. El estilo de vida moderno favorece estos desequilibrios, hace que cada vez más, la deglución, la masticación o la respiración, no se realicen bien, además de otros malos hábitos, lo que lleva a una falta de desarrollo de los maxilares, donde los dientes no encuentran espacio suficiente y se apiñan.
Desde el nacimiento, los huesos tienden a ajustarse a las condiciones que les son impuestas. Es, en esta primera infancia, donde tienen sus raíces la mayor parte de los problemas que más adelante encontramos. Ya a los 3 años hay alteraciones graves que están presentes.
Hoy sabemos que al actuar tempranamente, antes del recambio de las piezas de leche (ya en bebés o desde los 4 años de edad), facilita el desarrollo del potencial genético en el niño, con el mínimo de interferencias ambientales. El tipo de tratamiento es más simple y de mejor pronóstico, porque menores son las alteraciones morfológicas y funcionales que haya podido llegar a desarrollar. Normalmente para cuando las manifestaciones clínicas son evidentes, es tarde para prevenir o tratar precozmente. La disfunción viene actuando desde hace tiempo y el tratamiento se hace complejo.

Las caras y bocas más atractivas

El bebé alimentado con biberón entorpece la correcta deglución, respiración, desarrollo musculo-esquelético de la cara que más tarde se continuará con un entorno dieta blanda, todo cocinado, cortado… La forma de la cara, boca y dientes corresponde a la función realizada y diseñada desde hace miles de años para unas fuerzas biomecánicas potentes. A través de una masticación enérgica bilateral y una respiración nasal, se fortalece, refuerza y estimula el correcto desarrollo y crecimiento.
Un ejemplo para entenderlo, lo vemos cuando una persona tiene un yeso durante un par de meses y no se mueve o no contrae sus músculos, estos «adelgazan», se debilitan, etc. Imagina lo que sucede si durante todo el desarrollo del niño ese órgano se utiliza poco o mal, como pasa con la boca, se atrofia, se deforma y el resultado se ve en los dientes malposicionados.
Las caras y bocas más atractivas, son el resultado de llevar a cabo correctamente las funciones básicas de supervivencia para el ser humano (la respiración, la deglución, la masticación y evitar malos hábitos), que llevan a un crecimiento hacia adelante y simétrico de los maxilares. Desequilibrios musculares de estas funcionales orales, alteran la forma de la cara, el rostro y la nariz sufren desviación lateral, y una caída del tono muscular y tejidos con la pérdida de belleza a lo largo de la vida.
Estas disfunciones orales se manifiestan muy a menudo acompañadas con un conjunto de alteraciones de la postura del cuerpo o de dolencias como son dolores de cabeza, cervicales y lumbares, problemas gastrointestinales, respiratorios, oído, sueño, etc.
Un problema común, son los niños respiradores orales. En reposo tienden a estar con los labios entreabiertos y la lengua baja, descoordinando musculatura de la masticación y deglución. Con más frecuencia presentan ronquido, resfriados, asma, alergias, amígdalas, problemas en los oídos, además de alteración del sueño, problemas de atención, concentración, peor rendimiento escolar, …
Contra los músculos jamás se ha de luchar, más bien se deben redirigir, llevando la función anormal hacia la normalidad. Muchos de los problemas que presenta un niño a temprana edad se pueden prevenir mediante métodos de recuperación funcional, con equilibrado y/o trabajo neuromuscular. Para ello, debemos evaluar al niño tempranamente para estimular los mecanismos que permiten obtener el mayor potencial biológico. Un buen momento es alrededor de los 3 años cuando ya han erupcionado todos los dientes de leche.

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